miércoles, 10 de abril de 2019

LA EUTANASIA, UNA OPCION CRISTIANA


Cuando el cuerpo, la vida, es un espacio carnal de dolor, cuando el sufrimiento se hace insoportable, cuando ya no hay visión de nada que no sea el deseo de escapar de una situación atroz e irreversible, cuando sabemos que nos miran ojos queridos, llenos de lágrimas, por una situación de infinita angustia, nos preguntamos ¿Cuál es la decisión? ¿debemos permanecer en este sufrimiento, en este camino de espinas sin salida, o ayudar a descansar al que sufre así? Cristo, en el Huerto de los Olivos, lo pidió, sudando sangre: “Padre, aparta de mi este cáliz”. y en otro momento del Evangelio dijo “Misericordia quiero, y no sacrificios” Mateo 9.9.13.
La actualidad, nos ha puesto, una vez más, en la mesa de la opinión pública, el escabroso y delicado tema de la eutanasia. Era inevitable que los políticos intentasen sacar tajada de la emoción social que produjeron las imágenes y las palabras de Ángel Hernández ayudando a morir a su esposa María José Carrasco, pero tengo que decir que me parece deleznable aprovechar los ecos emocionales de una tragedia familiar para intentar conseguir unos cuantos votos.
La eutanasia, “bien morir”, que esa es su raíz etimológica, es un espacio permanente en la conciencia social del ser humano. Quizá para intentar dar una solución legal y/o moral al problema deberíamos preguntarnos ¿Cómo concebimos la existencia humana? ¿Hasta que punto podemos considerar vida digna una situación de profundo deterioro físico o psicológico? Tal vez la respuesta este en la conciencia de cada cual, en una decisión personal, tomada bajo casos extremos de sufrimiento y dolor irreversibles, en plena facultades mentales y con arreglo a las creencias o sentimientos religiosos, o no, de cada uno de nosotros.
Es difícil opinar desde el exterior del dolor, desde fuera de la piel del enfermo, pero es muy probable que, ante la imagen angustiosa de un ser querido, sufriendo un día tras otro y pidiéndonos constantemente descansar de ese amargo suplicio, no haya algún Ángel Hernández que se decida a tender su mano para ayudar a esa persona tan amada a dar el paso hacia una muerte liberadora, como un acto de amor y misericordia.
Considero que la eutanasia puede y debe ser admisible en casos extremos, cuando la vida se convierte en un calvario de dolor y sufrimiento irreversibles y así lo solicita el enfermo junto con la familia, pero, mi opinión, es que, jamás en otros casos. El vertiginoso avance de la ciencia y, en concreto de la medicina, esta haciendo posible la puesta en practica de medios y cuidados paliativos que pueden hacer llevadera una vida con un mínimo de dignidad y decoro, aliviando el dolor y el sufrimiento. Debemos anteponer la aplicación de estas medidas a cualquier otra decisión. Pero cuando la existencia de un ser humano, a pesar de la previa dación de estos medios, se convierte en un camino de dolor y sufrimiento sin retorno, cuando el enfermo en estas circunstancias, desde su plena conciencia, decide y solicita dejar de sufrir ¿quiénes somos nosotros para impedírselo? Nadie es dueño de la vida del prójimo, por ello pienso que la sensibilidad social y humana de un estado debe admitir esta realidad evidente, y, en primer lugar, eliminar la condena, para ofrecer después apoyo y ayuda, vía legal, a aquellos enfermos terminales que, en una situación de extrema y dolorosa gravedad, decidan que se les debe aplicar la eutanasia, Por supuesto que la ley debe ser concreta y concisa en un problema tan sumamente delicado como este, y evitar, al cien por cien, salidas o actitudes que, buscando resquicios o apoyos legales,  no se encuentren, de forma clara, dentro del correspondiente marco legislativo.
Creo sinceramente que se puede estar a favor de la eutanasia desde una concepción cristiana de la vida, como un gesto de caridad, de amor y de misericordia, siempre en estos casos de extrema gravedad, porque la vida es prioritaria, Soy creyente y creo en la misericordia de un Padre bueno que no desea ver sufrir a sus hijos.
Me permito recomendar la lectura del libro La eutanasia, una opción cristiana, de Antonio Monclús (GEU, Granada, 2010). Tres son las ideas principales que expone y que me parecen difícilmente refutables:
1. En la profundidad de la persona se encuentra el lugar de decisión sobre la conducta de uno mismo.
2. La eutanasia es una opción cristiana, y lo es desde la defensa de la vida en plenitud en el más genuino sentido evangélico.
3. El cristianismo no reconoce sentido redentor al sufrimiento, sino que lucha contra él y contra las causas que lo provocan.
            En el prólogo de ese mismo libro se dice: “La eutanasia es un tema incómodo para la ética, para todas las éticas, quizá a partir de una concepción sacral e idealizada de la vida y de una imagen frustrada de la muerte y un terror a la nada. Y no debiera ser así. Todo lo contrario. Porque la buena muerte –ése es el significado etimológico de la palabra- constituye la consecuencia lógica de la propuesta ética del “bien vivir”, de la “vida buena”, de la vida plena, de la calidad de vida, defendida por todas las filosofías morales sin excepción.”  Son palabras de Juan José Tamayo, Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones en la Universidad Carlos III de Madrid, teólogo vinculado a la teología de la liberación, escritor y columnista
Es posible que, tras su lectura, no habrá muchos que cambien de opinión, pero encontrarán argumentos sólidos que, al menos, les harán pensar que su postura no es la única válida dentro del cristianismo. Con eso es suficiente.

sábado, 26 de enero de 2019

SOLIDARIOS CON JULEN

Cuando empiezo a escribir este artículo, al final de una mañana, un tanto gris, del mes de enero, después de leer las últimas noticias a través de la prensa digital, aún continúa la incertidumbre por el desenlace del caso Julen. Seguramente, cuando estas líneas salgan a la luz, todo estará ya definitivamente resuelto.
Pero, ante todo, una vez más, ha quedado en evidencia un sentido humano, una disposición, una actitud desprendida, que dignifica y destaca el comportamiento social del pueblo español, la solidaridad; palabra derivada de la raíz latina solidus, que significa sólido, unido, completo. El diccionario de la RAE la define como: adhesión o apoyo incondicional a causas o intereses ajenos, especialmente en situaciones comprometidas o difíciles.
Los medios de comunicación nos informan de una encomiable actitud solidaria, en una circunstancias tan difíciles y tan emotivas como el caso del niño Julen: trabajadores que piden días libres en su empresa para ayudar en las tareas de rescate, decenas de personas, sobre todo mujeres, que cocinan para los voluntarios, más de 300 profesionales y colaboradores, que han cambiado su forma de vida por unos días para tratar de dar con Julen. Todo esto nos emociona y señala, tal vez, que, en el sentido social y humanitario de los españoles, existe una raíz genética, derivada quizá de experiencias sociales e individuales en circunstancias históricas precarias, que nos hace acudir solidariamente allá donde la necesidad del prójimo lo requiere.
Si esta actitud permaneciera en nuestro día a día, en nuestro convivir cotidiano, si mantuviéramos esta unión social, solidaria, permanentemente, la vida sería mucho más humana, la convivencia sería mucho más cálida y cercana entre todos.
La sociedad española ha demostrado en múltiples ocasiones, y lo digo con claridad, pero sin acritud, que se encuentra muy por encima de su clase política. Mientras los gerifaltes de la cosa pública se empeñan en crear divisiones entre los territorios y la sociedad española a través proclamas ideológicos basados en la supuesta supremacía étnica y social de personas y territorios de España, obligándonos a un continuo enfrentamiento; los ciudadanos de a pie demuestran su unidad, su abrazo común, su unión solidaria, por encima de cualquier tendencia, en casos tan difíciles y tan humanos como este que nos ha ocupado estos días.
Todos, sin haberla visto, hemos reflejado y retenido en nuestra retina la imagen de Julen, un inocente niño de dos años, víctima de unas circunstancias extrañas, dolorosas y adversas.
La empatía con el dolor de los demás nos activa nuestro propio dolor, como una emoción ajena a nuestro interior o nuestro entorno físico, pero que nos crea un lazo de unión emocional con el otro, con los otros, y sentimos esa fuerza anímica que nos lleva a estar allí, con el que sufre, ayudando, colaborando, participando. Esa es la solidaridad que late en los genes del pueblo español, y que, en esta, como en tantas otras ocasiones, han salido a la luz pública.
Ante una tragedia ¿que nos importa la política, ni las ideologías, ni los territorios, ni lo nacionalismos, ni los intereses económicos, ni el dinero? Solo existen las manos del alma para tenderlas hacia el que sufre, solo florece el corazón que siente la emoción contenida por el dolor ajeno. Sin embargo, la solidaridad no debería permanecer solo en el dolor, sino también en la felicidad, en la alegría. La solidaridad completa debería abarcar todos los sentimientos y no solo permanecer en el sufrimiento. Debemos ser solidarios también en el gozo, en la esperanza, en la concordia, en la justicia; porque el sentimiento es común, social y humano. El alma solo sale a la luz cuando la carne se abre en heridas y el sentimiento solidario solo es puro cuando se desnuda la amargura. Sin embargo, insisto, también deberíamos solidarizarnos con el bien ajeno. Si dejáramos la envidia a un lado, para gozar y compartir la alegría del otro, habríamos conseguido derribar uno de los más grandes muros que nos impiden ser felices.
Nos ocupa hoy el caso Julen, y mi deseo, como el de todos, es que se haya resulto de la manera más favorable posible, que esta ilusión y esta esperanza que ha mantenido en pie a los padres, a la familia, a los trabajadores y voluntarios y a toda España, haya tenido un final positivo y feliz. Que esta solidaridad desbordante, haya dado su fruto, que toda esta inquietud y esta tensa espera haya encontrado un final feliz, como el amanecer de la primavera al final del invierno. 
Quiero a provechar la ocasión para pedirle a los políticos que bajen de los estrados, que desciendan al corazón del pueblo y que se den cuenta de una vez que aquí no hay diferencias de clases, ni ideológicas ni territoriales, solo manos y almas unidas en una misma dirección: la vida. Que aprendan que la solidaridad se basa, sobre todo, en crear estructuras legales solidarias, puentes de unión, medidas humanitarias que impidan momentos de dolor y de tragedia como la de nuestro querido niño Julen.



viernes, 9 de noviembre de 2018

DE LA ILUSION AL DESCRÉDITO.-Cuarenta años de constitución

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Andábamos algunos dejando atrás las inquietudes de la adolescencia, cuando comenzamos a percibir la apertura de un tiempo nuevo. Me hallaba yo por aquellos días haciendo un curso en la Escuela de Capacitación y Experiencias Agrarias de Navalmoral de la Mata. Una mañana de otoño, nos llegó la noticia de la muerte de Franco.

Yo recuerdo que en mi entorno se empezó a percibir un cierto temor por lo que pudiera llegar a suceder. La incógnita de un futuro incierto, surgió, de pronto, como una espada de Damocles sobre nuestras cabezas. Sin embargo, la gente tenía deseos de paz, de libertad, de justicia, de reconciliación y quizá fuese esa la base que posibilitó un periodo de desarrollo y concordia sin precedentes en nuestro país; quizá fueron esos deseos o quizá también el temor a la vuelta atrás, o a aquel ejercito expectante, tan influenciado por la dictadura, quizá, también, la afluencia de una generosidad y una  pericia política admirables; todo ello hizo posible el acercamiento de los diferentes sectores sociales y políticos, que culminó en un entendimiento ejemplar. Recordemos aquel inesperado harakiri de las cortes franquistas, aquella Ley para la Reforma Política, aprobada por los diputados y refrendada después por el pueblo español, aquellas primeras elecciones generales de 1977 y, sobre todo, el nacimiento de una constitución magistral que nos abría las puertas de la esperanza, de la concordia y de la reconciliación entre españoles. Empezábamos a pensar en que era posible dejar atrás para siempre aquellas dos Españas machadianas.

El día 6 de diciembre se cumplen 40 años en que la ciudadanía española rubricó en referéndum la constitución del 78. Es indudable que la Carta Magna ha marcado un periodo de bienestar, democracia y desarrollo muy favorable para el país; sin embargo, ahora vemos que los sucesivos errores cometidos a lo largo de este periodo democrático, y sobre todo en este último tramo, han producido una profunda crisis en todos los sentidos dentro de la sociedad española.

No es bueno perder el recuerdo del pasado. Alguien dijo que la historia es la memoria del pueblo y aquel que no la tiene presente está condenado a repetirla. Si contemplamos hoy objetivamente el paisaje nacional, deduciremos que no nos encontramos en el mejor de los momentos, la mirada objetiva nos pone ante una profunda crisis del estado democrático. Las ambiciones personales, los egoísmos, la corrupción, la crisis de valores, la ausencia de generosidad y humildad política, son datos evidentes que lo demuestran.

La ciudadanía comienza a percibir una palpable falta de independencia entre los tres poderes del estado democrático (Legislativo, Ejecutivo y Judicial) cada poder invade al otro llevado por intereses destructores del bien común. Montesquieu argumentaba que «todo hombre que tiene poder se inclina a abusar del mismo; él va hasta que encuentra límites. Para que no se pueda abusar del poder, hace falta que, por la disposición de las cosas, el poder detenga al poder». Esa es la base del sistema democrático, la división de poderes ¿Alguien puede garantizar esto en la España de hoy? Creo que los últimos acontecimiento nos dicen que no.

La democracia, en su esencia, es un estado garante del bien común, pero todo ello es posible, cuando existe un respeto a las normas que todos nos hemos impuestos,  normas jurídicas y políticas que garantizan ese estado.

Se nos está perdiendo la verdadera memoria histórica en una amalgama de intereses y de ambiciones subjetivas, en una falta de rigor y de oficio político rayano en el ridículo. Hoy miro con nostalgia al pasado, a aquellos años de mi primera juventud, cuando el pueblo español supo abrir las puertas de un futuro de ilusión y esperanza sobre un paisaje de libertad sin ira, que hoy se nos diluye entre la niebla del descrédito y la indiferencia.

jueves, 18 de octubre de 2018


HAY VIDA MÁS ALLÁ DEL MOVIL

 Cuando, a las cinco de la tarde (hora pedagógica y trágicamente taurina) salíamos de escuela, inundados de aquella alegría infantil, tan llena de alas y de ilusión por todo, soñábamos con llenar el aire de gozo. La vida nos hacía ser felices. Dejábamos  los libros en la mesa camilla de nuestra casa, y corríamos, con la prisa en los pies y el corazón, a jugar en la plaza del pueblo a nuestros juegos de entonces. Éramos felices en ese tacto vital y cotidiano con nuestro entorno rural, tan lleno de entrañables cercanías.

Hoy, en que la edad nos lleva a ver la vida desde otra perspectiva más real, contemplamos un panorama nada alentador. La revolución tecnológica ha cambiado el mundo y las personas. A edades demasiado tempranas, los niños se encierran en el mundo del móvil, limitando su mente infantil a un circuito cerrado, evadiéndola  de las sensaciones naturales que la vida le ofrece.

Si elegimos una de estas mañanas de otoño, para adentrarnos en el bullir cotidiano de una gran ciudad, contemplaremos, ya sin sorpresa, la abstracción del personal, pasando, como zombis, por las aceras; con la mirada hundida en la pantalla del móvil, ajenos a todo lo que les rodea, a todo que no sea lo que le ofrece la visión de su Smartphone (otro anglicismos invasor), Es como una droga colectiva, necesaria para empezar el día.

No pienso negar, Dios me libre, los avances positivos de las nuevas tecnologías, redes sociales, internet, etc. Así como todos y cada uno de sus progresos en la comunicación y su utilidad en la industria, en la economía, en la producción, en la educación, el trabajo etc. Reconozco esa efectividad en estos ámbitos, pero también creo que todo este avance material nos está llevando a una profunda deshumanización, a una sensible degradación de nuestros valores humanos, a una evidente apatía en nuestras relaciones sociales.

La mente de un niño es como una esponja que absorbe todo lo que se le ofrece, es un papel en blanco, de ahí el encanto puro de esa personalidad infantil. De nosotros depende llenar esa inocencia de bondad, de ilusión por la vida, de aires limpios y horizontes abiertos. No debemos cortar ese tiempo en que el niño debe descubrir su entorno, debe sorprenderse por todo lo que le rodea, debe empezar a dudar, a hacerse y hacernos preguntas. La  permisividad de unos padres, dejando a su hijo pequeño pasar horas ante la pantalla de un móvil o una tablet, extasiado ante imágenes y juegos, solo por el hecho de que les deje en paz por un tiempo, me parece de una irresponsabilidad fuera de límites. El niño tiene que ver lo que le rodea y no la irrealidad que le ofrece la pantalla de un móvil.

Salgamos de nuevo a la vida, levantemos la mirada, no olvidemos el sonido cálido de las palabras compartidas. Hay paisajes que merece la pena contemplar.

No estaría mal la prohibición del móvil en esos acontecimientos sociales en el que la tentación de su uso nos impide una relación correcta y afectiva. No estaría mal fomentar talleres de juegos infantiles tradicionales para que los niños vuelvan a jugar en las calles y en las plazas  de nuestros pueblos, para que sientan y vivan aquellas sensaciones de ilusión y alegría de la añorada escuela de nuestra infancia, para que empiecen y empecemos a descubrir que hay otra vida más allá del móvil.